miércoles, 6 de mayo de 2009

La vida que salvéis puede ser la vuestra de Flannery O´Connor



La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aún en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.

     La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.

     El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala del sombrero para saludar a la joven como si ésta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en unas mandíbulas prominentes como una trampa de acero. Parecía un hombre joven, pero tenía el aspecto de serena insatisfacción del que está de vuelta de todo.

-  Buenas tardes- dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.

     El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz mutilada. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuese la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.

     El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.

-   Señora- dijo con firme voz nasal-, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver al sol hacer esto todas las tardes.

-  Lo hace todas las tarde- repuso la vieja, y se volvió a sentar.

     La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chicles y le tendió uno. Ella lo cogió, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.

     La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio- la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir- y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.

- ¿Conducen ustedes?- preguntó.

-  Ese coche no s´ha movío en los últimos quince años- respondió la vieja. El día que murió mi marido, dejó de moverse.

-  Ya na es como antes, señora. El mundo está casi podrío.

- Tiene razón- convino ella-. ¿Es usté de por aquí?

- Tom T. Shiftlet- murmuró mirando los neumáticos.

-  Mucho gusto en conocerle- dijo la anciana-. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usté por aquí, señor Shiftlet?

     Él juzgó que el coche debía  ser un Ford de 1928 o 1929.

-  Señora- dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención-, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que cogió un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano- repitió, inclinándose hacia ella-, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano- y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano- y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora- dijo, e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos color de arcilla brillaron-, ese hombre no sabe más que ustedes o que yo acerca de eso.

-  Es verdá- dijo la anciana.

-  Vaya, si cogiera ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más que ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué s´apuestan?

-   Na- respondió la anciana sabiamente-. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?

     Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillas de madera y prendió una en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego su nariz y encendió el cigarrillo.

    Lanzó al aire la cerilla apagada y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión taimada.

- Señora- dijo-, hoy día la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennessee, pero usted nunca m´había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Speeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy thompson Bright, de Toolafalls, Mississippi?

- No sé na d´usté- musitó la anciana, fastidiada.

- Señora, a la gente no l´importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que  puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora- añadió, e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre-, ¿qué es un hombre?

La anciana empezó a pelar una semilla.

- ¿Qué lleva en esa caja d´hojalata, señor Shiftlet?- preguntó.

- Herramientas- respondió echándose acalla atrás-. Soy carpintero.

- Bueno, si viene aquí para trabajar, podré darle comida y un lugar pa dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.

No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.

           -   Señora- dijo con lentitud-, pa algunos hombres ciertas cosas significan más qu´el dinero.

La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Éste dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín. Él hizo muchas preguntas y ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.

Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía huir al campo para ver el mundo entero y que ojalá viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.

         -  ¿Está casao o soltero?- preguntó la anciana.

Hubo un largo silencio.

         -  Señora- dijo él al final-, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente hoy día? Yo no andaría con la escoria que puedo recoger.

La hija estaba encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.

       -  ¿Es su hija?- preguntó.

       - La única que tengo- respondió la anciana-, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por na del mundo. Y además es lista. Barre, guisa, hace la colada, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la dejaría ni por un cofre de joyas.

       -  No- dijo él con tono afable-, no deje que ningún hombre se la lleve.

       - El hombre que venga por ella- afirmó la anciana- tendrá que quedarse aquí.

En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el paracoche del automóvil que destellaba en la distancia.

      - Señora- dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba-, no hay na roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre- agregó con adusta dignidad- aún cuando no esté entero. ¡Yo poseo- dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir- una inteligencia moral!- Y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.

Ella no se dejó impresionar por la frase.

        - Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida- dijo-, si no l´importa dormir en ese coche.

        - Señora- dijo él con una sonrisa de satisfacción-, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!

        - No estaban tan avanzados como nosotros- repuso la anciana.

 A la amañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra “pájaro”. La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo “Ppperrrjjjarrro” y dando palmas. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.

El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.

Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynell se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que ésta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.

Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, dijo que podía afirmar que al coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos. “Ahora- dijo-, un hombre coloca un tornillo y otr´hombtr coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que se ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor.” La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.

El señor Shiftlet aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.

      - Enséñele a decir otra cosa- dijo la anciana.

      -¿Qué quiere que diga?- preguntó el señor Shiftlet.

La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.

     - Enséñele a decir “querido”- respondió.

El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente.

Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar.

La anciana dijo que le daría el dinero.

     - ¿Ve a esa chica?- le preguntó, señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aún en la oscuridad-. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: “¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!”, pero si él me dijera: “Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí”, yo le diría: “Señor, no tengo na que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usté tonto”. Eso le diría.

     - ¿Qué edad tiene?- preguntó el señor Shiftlet como de pasada.

     - Quince o dieciséis- respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.

     -  Sería una buena idea pintarlo también- observó el señor Shiftlet-. No querrá que se cubra de herrumbre.

     - Ya veremos- repuso la anciana.

Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos, dando golpes con los pies y gritando. “¡Ppppaajjarro! ¡Ppajjarro!”, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.

Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecho al grano.

     -Quiere usté una mujer inocente, ¿no es así?- preguntó, comprensiva-. No quiere saber na de la escoria.

      - Así es, señora.

     - Una que no hable- continuó ella-, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está. –Y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se cogía los pies con las manos.

      - Así es- admitió él-. No me daría ningún problema.

      - El sábado- dijo la anciana-, usté, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.

El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.

     -No me puedo casar en este momento- repuso-. To lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy sin blanca.

   - ¿Pa qué necesita el dinero?- preguntó la vieja.

   - Hace falta dinero- respondió él-. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor- añadió con firmeza- a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. M´educaron d´esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre me enseñó cómo debía comportarme.

     - Lucynell ni siquiera sabe qu´es un hotel- musitó la anciana-. Escuche, señor Shiftlet- dijo inclinándose hacia delante-, conseguirá usté un hogar y un pozo d´agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.

Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.

     - Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.

La vieja apretó las encías.

     - Un cuerpo y un espíritu- repitió él-. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lao; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre…

     - Escuche, señor Shiftlet- repuso ella-, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en aquel cobertizo, hay un buen coche. – Preparó el cebo con cuidado-. Pa el sábado lo puede tener usté pintao. Yo pagaré la pintura.

En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:

     - Tan sólo digo qu´el espíritu d´un hombre es más importante pa él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.

     - Le daré qince dólares pa un viaje de fin de semana- dijo la vieja con tono desabrido-. Es lo único que puedo hacer.

     - Eso apenas servirá pa pagar la gasolina y el hotel- repuso él-. No llegaría pa la comida d´ella.

     - Diecisiete cincuenta- dijo la anciana-. Es to lo que tengo, así qu´es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida d´aquí.

El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra “exprimir”. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón, pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.

     - Procuraré que eso alcance- repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.

El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynell se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien lo sujetaba.

      - Esto no m´ha gusto- dijo-. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cotaran en pedazos, no sabrían na de mí. No m´ha gustao na.

      - S´ha cumplío la ley- dijo la anciana con aspereza.

      - La ley- replicó el señor Shiftlet, y escupió-. Es la ley lo que no me gusta.

Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:

     - ¿No está guapa, Lucynell? Parece una muñeca.

Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.

     - ¡Se lleva usté una joya!- dijo la anciana

El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.

Volvieron a la casa para dejar a la anciana y coger la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.

     - Nunca m´he separao d´ella dos días- dijo.

El señor Shiftlet puso el motor en marcha.

     - Y no se la daría a ningún hombre, a excepción de usté, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida- añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.

Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que sólo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer

De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una auna por la ventanila. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía tener hambre de nuevo y, al llegar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio llamado The hot Spot, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En The Hot Spot no había nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.

     - Dáselo en cuanto despierte- dijo el señor Shiftlet-. Lo pagaré ahora.

El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.

     - Parece un ángel de Dios- murmuró.

    - Estaba haciendo autoestop- explicó el señor Shiftlet-. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.

El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.

Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenái responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien haciendo autoestop. De vez en cuando, veía letreros que rezaban: CONDUZCA CON CUIDADO. LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA:

La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.

     - Hijo- dijo el señor Shiftlet-, veo que quieres viajar.

El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet. Éste se sintió angustiado.

     - Hijo- dijo al cabo de un minuto-, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes tener la segunda mejor.

El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventanilla.

     - No hay na más dulce- continuó el señor Shiftlet- que la madre de uno. M´enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacía, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló pa que yo hiciera las cosas bien. Hijo- añadió-, ningún día de mi vida he lamentao tanto como aquél en que abandoné a mi madre.

El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.

     - Mi madre era un ángel de Dios- prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada-. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné.- Sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.

El muchacho se volvió con rabia en el asiento.

     - ¡Vete a la mierda!- gritó-. ¡Mi vieja es una bola de piojos y la tuya es una zorra apestosa!- Y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.

El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.

     - ¡Oh, Señor!- rezó-. ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!

El nabo continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobile.

 

 

 

 

 

jueves, 27 de noviembre de 2008

Ferreira ( relato de Ricardo Murúa)


Estos agujeros los hicimos nosotros, tienen que estar ahí para que los monos no se atrevan a volver; señala el mármol lastimado del Ministerio de Economía frente a la Casa de Gobierno, el mármol lastimado que sirve de palomar. De Palomar, salimos de Palomar, adonde el otro día te llevé, seguimos las vías del tren volando bajito, éramos cinco. Ferreira cuenta que fue piloto, que bombardeó la Plaza de Mayo para echar al tirano, que huyó a Montevideo, y que regresó unos meses más tarde para continuar  resistiendo  El discurso armado con coherencia durante dos años de cárcel convirtió a este alférez administrativo de mala conducta en teniente con avión de guerra y todo. Aquel discurso, amasado con delirio y rencor en una celda militar, vistió a Ferreira con la chaqueta de cuero marrón, las botas lustradas, los guantes de cabretilla, el pañuelo a lo Lindberg, la gorra con las alas, y un cigarro entre los labios para fumarlo entre camaradas. Aquel discurso alado lo elevó sobre la pista buscando las vías para seguirlas hasta la Casa de Gobierno, bombardear la plaza, y huir a Montevideo, ciudad que, con su imaginaciçon, el alférez  recorre desde las rejas del cuartel sentándose a tomar una cervecita en la avenida 18 de Julio, brindando con los camaradas, con los que dentro de poco serán ex camaradas que ya no fumarán más con él porque ellos tienen chaquetas, botas, guantes, pañuelo a lo Lindberg, y una gorra con alas. Y él no, por eso.

El niño desea sentarse en un bar, comer un pebete, tomar Coca Cola. Mareado por el viaje en subte, doloridos los pies por la caminata con los zapatos que no crecen con él, e inquieto por lo que vivió en la clase de catecismo, mira las palomas de la plaza. Llegamos a vuelo rasante por Avenida de Mayo, la nariz del avión abrió un surco entre la gente que quedó tirada en la calle, dos colectivos se incendiaron, el último de los Gloster esquivó la Casa de Gobierno y descargó toda la artillería en el Ministerio de Economía. Con tu madre decidimos traerte al mundo cuando el país fuese libre otra vez.

Daniel sólo desea sentarse en un bar, mira a los granaderos que desfilan hacia el Cabildo. Vamos a comer algo como te prometí, Pasa el último avión en la imaginación de Ferreira, en el tablero la virgen mira al piloto, el piloto mira la plaza humeante. Mirinda quedó no más señor; es lo mismo mozo, traiga.

No, no es lo mismo papá, se traga Daniel. No es lo mismo Ferreira, no es lo mismo.

 

………………..

 

 

Esa mañana, Ferreira se despertó sobresaltado por la muerte de su vecino, a quien tanto odiaba. Siendo un individuo de odios fáciles no era de extrañar su sentimiento hacia esa persona que todas las tardes, invariablemente a la misma hora, pasaba por su vereda y amistosamente lo saludaba –hola vecino- y ocasionalmente le brindaba algún comentario del tiempo, o mejor dicho del clima, posibilidades de lluvia, humedad, vientos y otras variaciones. Gómez, así se llamaba, era un individuo silencioso. Nunca Ferreira tuvo una molestia sonora musical, nunca se escuchó un ladrido proveniente de la casa contigua. Gómez no tenía tiempo para hacerse cargo de un animal, trabajaba las ocho horas reglamentarias en una fábrica, más las dos extras que nunca rechazó, ofrecidas como premio a su asistencia perfecta y a su productividad. Para Ferreira, su vecino tenía un sólo defecto, silbar alegremente.

La fábrica de la que regresaba puntualmente Gómez dista doce cuadras de la casa de Ferreira y unos metros más, diez, hasta la suya. El sonido de las sirenas, agudo y penetrante a las seis de la mañana, indicaba que faltaba una hora exacta para el ingreso del primer turno a la fábrica. La sirena de las siete levantaba a escolares, maestros y profesores de las camas. En el barrio ningún vecino precisaba reloj para levantarse temprano, para vivir en realidad.  La sirena de las doce marcaba la pausa en el trabajo y la salida de las escuelas, la de las doce y treinta podía marcar rutinas variadas; tomar una medicación, sintonizar la radio en una emisora en particular, servir el almuerzo. Para los obreros era la vuelta al trabajo. Allí estaba la cervecera desde hacía más de cuarenta y tres años decidiendo la interrupción y el reinicio de las labores de los escolares, de las madres, de los empleados y de los obreros. Nunca nadie puedo imaginar la vida de ese pequeño barrio sin aquel sonido organizador, mañana , tarde y noche.

Gómez murió de un infarto en la vereda de Ferreira, aferrada una mano a la reja mientras intentaba decir alguna cosa, tal vez expresar su dolor en el pecho, tal vez comentar la víspera de las navidades,  o de año nuevo. Hacía diez años que los dos vivían solos medianera de por medio y jamás habían compartido esas festividades, ni siquiera un brindis pasajero. Ferreira regaba unas plantas, irrecuperablemente secas, cuando vio venir a su vecino tambaleando. Sin soltar la manguera de la que salía el agua que secaba las plantas,  retrocedió dos pasos cuando la mano colorada de Gómez tomó con fuerza un barrote de la reja oxidada.

Gómez cayó de rodillas, siguió mirando fijamente al jardinero fracasado, y luego cerró los ojos y murió en esa posición. La mano que sostenía la reja  descendió suavemente sin abrirse, agachó la cabeza como buscando algo perdido y no se movió más.

Ferreira tardó unos segundos en moverse, cerró la canilla y entró en la casa. Una vez dentro, abrió el cajón de un armario de su dormitorio, sacó un revólver reluciente y quitó las siete balas con las que estaba cargado. Colocó las balas en la caja original, que ahora sumaban cincuenta porque Ferreira jamás había disparado.

Sentado en su sillón preferido, escuchó voces en la vereda y el sonido de sirenas.

Ferreira nunca hubiese ayudado a Gómez, no por ser él, sino porque nunca hubiese ayudado a nadie en ninguna circunstancia. El comedido termina jodido, pensaba, y siempre fue fiel a esa sentencia.

Ferreira, hubiese sí, matado a Gómez; el arma y una de las siete balas lo tenían como blanco. El plan precisaba aún algunos retoques, pero esencialmente el disparo quedaría opacado por los estruendos de los cohetes de festejo de fin de año.

Ferreira tal vez no odiaba a Gómez, simplemente deseaba que no estuviese más en el mundo, ni él ni su silbido alegre, o dicho con más precisión, ni él ni su alegría expresada a través de ese estúpido y afinado silbido que saltaba las paredes de la medianera y entusiasmaba a los pájaros a imitarlo.

 

………………..

 

 

Antes que nada y para empezar quiero aclarar dos cosas, que yo no lo maté y que este vómito al que llaman café es intragable. Ya sé que todos los infelices que se sientan en esta silla dirán lo mismo. Pero conmigo hay una diferencia. Siempre conmigo va ha existir una diferencia, eso me quedó bien grabado de mi madre. La diferencia en este caso es que yo soy culpable, y que no lo maté.

No se impacienten por favor, escuchen. Yo sé bien que ustedes son policías por descarte. Pudieron haber sido sastres o carniceros. Lo mismo daba. Pero son lo que son. Yo sé que para cualquiera de ustedes A e igual a A y no podrá ser al mismo tiempo igual a B. Adviertan que su poca cultura no les impide pensar aristotélicamente. Sin embargo en el universo lógico de mi madre, sin pretender compararla con Aristóteles claro está, con ustedes da lo mismo cualquier cosa. Pero veamos, si ponen atención podrán entenderme, hasta comprenderme tal vez el elegido de entre ustedes, el primus inter pares.

Digo algo simple, que yo no lo maté porque el tipo se murió antes. Y digo que soy culpable porque nadie en este mundo deseó su muerte como yo, si es que alguien todavía es capaz de tener algún sentimiento perdurable. No me dio tiempo, se fue. Y si estoy acá sentado con este café asqueroso por haber hecho pública mi intención de matarlo, frente a ese coro de chusmas y mediocres que se autodenominan mis vecinos, es injusto porque las palabras no tienen efectos mortales. Y eso de que hay palabras que matan es una tontera, con el perdón de mi madre.

Lo asesiné en mi mente, en mis pensamientos. Entienden ustedes? Una y otra vez de mil maneras. Como esos actores de alguna obra de Shakespeare cuyo único parlamento es el rey ha muerto en alguna parte del cuarto acto, y que obstinadamente repiten la sencilla fórmula, ahora alegres, ahora tristes, ahora indiferentes, el rey ha muerto, el rey ha muerto, el rey ha muerto; pretendiendo encontrar el tono preciso para que todos los asistentes a la función se pongan a llorar por el esperado deceso del monarca antes del final de la obra, y demostrar que él estaba para cosas mayores.

Así fue como cargué y descargué la pistola cientos de veces. Sin disparar una sola vez, obviamente. Siete balas brillantes.

Fue tan exquisito mi entrenamiento con el arma que hasta logré sentir en mi mano la diferencia de su peso con o sin balas. Lo cual debe ser semejante a tener en la mano una paloma con alas, luego arrancarle una, y percibir la diferencia.

Lo cierto es que algo lo mató antes. Y con él murió el sentido de mis permanentes planificaciones.

Él regresaba de la fábrica siempre a la misma hora, 19.15, 19.20. Pasaba por la vereda de mi casa silbando, y es sabido que no me gustan los silbadores, transmiten una estúpida alegría de vivir. Yo regaba intencionalmente a esa hora las pocas plantas que el orín de los gatos no destruyó en mi jardín. Nos saludábamos. Él primero, yo después; es así como corresponde porque el que llegaba era él, por eso no más.

Su casa está pegada a la mía, y decir está es correcto porque el que murió fue él, no su casa; entonces la casa sigue ahí, pegada a la mía. Y ya no es su casa, en realidad.

Lo iba a matar el 31 de diciembre del corriente a las 22.30. Él me informó en una de sus charlas de vecinos que ese día llegaría a esa hora, de su trabajo, y que le pagarían bastante las extras o algo así. Pensé que el disparo pasaría inadvertido entre tanto cohete de festejo, que ustedes pensarían que en estas fechas anda cualquier loco suelto en la ciudad matando por matar. Además, hay alguien tan necio que mata en su propia vereda y entra a su casa a despedir el año lo más campante con una botella de vino en su mejor sillón? No, ¿no?

Pero  no murió el 31 de diciembre. Eran las 19.23 cuando el tipo se acercó por la vereda, como siempre. Esta vez no caminaba tan erguido y tenía una mano en el pecho. Muy cerca de mi reja quiso decirme algo, se ahogaba mi vecino. Con los ojos buscaba en el cielo y la mano libre se aferró a la reja. Los nudillos muy blancos en una mano tan roja. No dijo ninguna palabra cuando cayó, primero de rodillas. La cara blanca, muy blanca de mi vecino. Murió en mi vereda, solo.

Después entré a mi casa, y esa noche dormí sin soñar. Lo observé sin hacer nada, es cierto, tal como les dijo la chusma de la panadería, así es. Y ahí debe estar en casa el revólver, inmóvil, mudo.

Yo no lo maté. Yo lo hubiera matado.

De haber sabido que el café policial era tan malo, lo hubiese ayudado. Además, recién hoy es 31 de diciembre.

 

 

………………..

 

Muy bien Ferreira, si no tiene algo más para agregar  en su declaración, puede retirarse,  pero antes le quiero aclarar algunas cositas, para que no se confunda. Mire, yo soy comisario por vocación, de chiquito fui bastante botonazo. Con mis viejos primero, mandando en cana a alguna de mis hermanas cuando apretaban de más en el zaguán; después en la escuela con la maestra, permitiéndome informarla acerca de los sujetos que se copiaban o pretendían hacerlo, copia en grado de tentativa, me entiende. En el secundario, en la época de Perón me hice de la UES, participando este servidor en cuanto acto de buchoneo y posterior apaleamiento de los sospechados de zurditos se presentara al caso. En la facultad integré el brazo universitario de la derecha peronista, claro que ahí estábamos en desventaja y los zurdos siempre nos cagaban a palos.

Después, en privado, nosotros los cagábamos a tiros como acertadamente supondrá una mente tan brillante como la suya. Una vez recibido de abogado entré en las filas policiales como oficial, y ya ve, en pocos años he llegado a comisario, y en pocos más tal vez comande la fuerza. Claro que no bombardee la Plaza de Mayo como usted dice haberlo hecho, pero no se equivoque, conozco el principio de identidad aristotélico y la dialéctica marxista, porque al enemigo hay que reconocerlo, y le informo oficialmente que en ninguna obra de Shakespeare un personaje irrumpe diciendo el rey ha muerto.

Sin más que aclararle por el momento, bríndeme unos minutitos así convoco a los agentes, suboficiales, y oficiales de esta seccional. Queremos escuchar  cómo se escapaba de la prisión de Campo de Mayo, en la que injustamente padecía los abusos del dictador, para robar en varios almacenes del barrio Palomar a punta de pistola y uniformado. Cómo escapó definitivamente de las mazmorras  y solito con su avión, casi tira abajo la Casa de Gobierno, el Congreso y el Ministerio de Economía, todos juntos. Claro, no olvide contarnos cómo fue que en Uruguay se unió a la resistencia anticastrista, porque ésa no me quedó muy clara la última vez que hizo el honor de pisar esta dependencia federal.

Ahora que percibo que usted se ha indispuesto con este servidor, le ruego que regrese a su domicilio y agradezca a la virgen, antes de dormirse, que uno de sus antiguos compañeros integre el Comando Superior Conjunto, lo cual todavía evita que lo caguemos a trompadas, una vez por loco y dos veces por pelotudo. Y no crea que le guardo rencor, porque en el fondo me simpatiza, eh Ferreira.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Jo,Jo,Jooo (relato de Ricardo Murúa)

 

Unas de las formas de tener fortuna cuando se es joven: ser único heredero de un padre o marido millonario, asesinarlo sin  dejar pistas y, luego de los necesarios intercambios con el abogado, disfrutarla. Si se es varón, el método se encuentra en la película Pacto Siniestro de Hitchcock, basada en una premisa  simple: el autor material del crimen no debe tener ninguna relación que lo vincule con la víctima. Aunque pongan atención, hay que corregir un detalle, en la película el plan es casi exitoso, y con el casi no alcanza.

 Si se es mujer hay que inspirarse en Perdición de Billy Wilder. En este caso ella se sale con la suya. Deberá encontrar a un promotor de seguros que se enamore perdidamente, que asegure a su marido por una cuantiosa suma y que lo mate. Todo a cambio de prometerle una vida juntos en una playa lejana. El promotor terminará muerto y la mujer descansará en los brazos de un joven apuesto que diseñó con ella el plan.

 

 Me pregunto si los millonarios habrán contado alguna vez la totalidad de  su dinero. ¿Cómo contar billetes hasta llegar a un millón? ¿Cómo no perderse en el camino y recomenzar una y otra vez?, en la cifra trescientos noventa mil setecientos por ejemplo, o en la novecientos setenta mil trescientos.

 

Si uno no tiene un padre o un esposo con gran fortuna, conviene nacer de nuevo reencarnando en una situación menos dolorosa, reencarnación que es tan improbable como que un grano de arroz haga equilibrio en la punta de una aguja. De manera tal, los caminos directos hacia la buena vida se cierran.

 

 Nuestro personaje es hombre y mantiene a su padre; entonces, aguza su fantasía mientras contempla la fachada vidriada del banco encaramado en el sitio exacto que antes ocupó un   antiguo bar.

Cuando el cuello se le agarrota  por la inclinación de la mirada tan oblicuamente puesta hacia arriba, cuando el ánimo le decae al ver a los guardias armados, tan armados, ingresar con unas enormes bolsas llenas a la bestia amarilla  blindada que ahora se cierra y se aleja veloz y pesada por la avenida, entonces baja la cabeza.

Ahora camina. Escucha el sonido que uno de los zapatos produce  un instante antes de quedar suspendido en el aire, ñac. Sin noción de la hora entra en una oscura galería comercial para hacer la llamada cuyo mensaje, aún indefinido, sea el pasaporte hacia  cierta libertad provisoria, por un día. Llama al banco.

- ¿Qué te pasó Lupo, estás enfermo? –dice el jefe que es más joven y ha hecho carrera velozmente.

- No, no estoy enfermo.

- ¿Qué te pasó entonces? –dice el jefe, con el mismo tono que podría haber usado si los dos estuviesen pescando en un lago, y la única pieza tomada en el día se le hubiese escapado a Lupo de adentro del bote.

-Es que me quedé sin  plata para tomar el colectivo- dice el que dejó escapar el pescado gigante, cada vez más gigante en el humor del jefe.

-Vos me estás cargando, tomáte un taxi, te espera el jefe de los cajeros- dice el que se tiró al agua para sacar al ex pescado.

-No,  no te estoy cargando. No tengo plata.

-Dejá de bromear, por favor –dice el jefe casi tomando al pez por la cola.

-No estoy bromeando -dice el nuevo cajero que ahora aleja el bote del lugar donde flota resignado el jefe.

- ¿Y cuándo te parece que vas a tener plata para venir a trabajar eh?

-Espero que mañana.

 El jefe corta.

 Lupo, que aún no cortó, sabe que mañana es sábado y disfruta. Compra un paquete de cigarrillos baratos de esos que no tienen sabor, de esos que sólo tienen humo para largar por la boca con desazón, de esos que tienen colillas para arrojar bien lejos desde la catapulta que forman los dedos medio y pulgar de la mano derecha, y acertar en los charcos de las veredas.

A la misma hora, tres  hombres y seis mujeres están sentados alrededor de una mesa redonda. Cuentan dinero una vez y otra vez, cuentan los billetes del fajo y lo pasan al de la derecha que los cuenta nuevamente. Nadie puede contar tanto dinero ajeno sin alucinar, sin descomponerse, o volar-como lo hace Jonathan Pryce en Brazil de Terry Gillian- con una saca desde el vigésimo piso. Diariamente  acceden  cuatro hombres, seis mujeres, y tres guardias. El que falta es el que hizo la llamada desde la galería oscura y miró desde la vereda de enfrente hace un rato nomás. Él, que entorpeció la tarea de recuento de dinero que se hace por parejas; él, que ha contado tantos millones sin errores; él, que ahora se aleja pensando cómo seguir; él, que hoy fue ascendido a cajero.

 

 

El personaje de este relato se llama Lupo, ya lo han deducido leyendo el diálogo con el jefe. El nombre  es arbitrario y no hace a la trama, asi que no le presten atención, tal vez lo cambie cuando se me ocurra uno mejor.

Le diré a Lupo que esta noche vea El socio del silencio, protagonizada por Elliot Gould y Christopher Plummer.. En su caso es la única solución. Allí un Papá Noel - Plummer- merodea el banco que planea asaltar, en un centro comercial. Adoro cuando agitando la campanilla grita Feliz Navidad JO.JO JO. El sonido del JO JO JO es grave y es el prólogo perfecto para cometer cualquier acto de maldad.

Gould es cajero del banco, como Lupo. Anticipa la intención de Papa Noel y  espera el día del robo con un plan ingenioso. Imaginen la cara de Plummer cuando, luego del robo, informan que el monto asciende a, por lo menos, cinco veces lo que él acaba de acomodar sobre la mesita de vidrio.

 

 Estoy seguro de que Lupo entenderá el mensaje. Por eso, se reintegrará el lunes al banco, llegará unos veinte minutos antes para darle todas las disculpas posibles al jefe, muchas disculpas. No estaría de más inventar una excusa delirante, es sabido que la verdad nunca convence a nadie.

 Deberá esperar unos meses  y mirar atentamente. Un día llegará su Papa Noel diciendo Feliz Navidad, JO JO JO.  Lo demás corre por su cuenta.


Boletos (relato de Ricardo Murúa)


Boletos por favor; la frase lo saca del embotamiento producido por el ronroneo del colectivo que llegó atrasado; atrasado como va a llegar él a la cita con Lara, enojosa para toda la noche. Boletos por favor, gracias; se escucha cuando el chancho le sonríe al bebé que tiene en brazos la señora del segundo asiento del lado de la ventanilla.

En segundos, él piensa que la  gente sólo es amable con uno cuando uno es correcto, nada más, una especie de toma y daca interesado que brinda simpatía, sonrisas, y algún comentario amistoso a cambio de pagar impuestos, romperse el lomo muchas horas en el taller, no hablar mal de los curas ni del presidente y, en esta ocasión, principal y fundamentalmente tener el puto boleto que con certeza absoluta fue perdido en un momento desgraciado. Tan desgraciado como el chancho que ahora va por la cuarta fila de asientos, demorado por un viejo con cara de bueno que no encuentra el boleto. Y ojalá que no lo encuentre porque él no lo tiene aunque lo sacó y en unas cuadras más se baja.

Gracias abuelo, le dice el chancho al viejo; con qué derecho, como si ser viejo te haga automáticamente tener hijos, y a tus hijos, hijos, llegado el momento. Abuelo, como si fuese un título de nobleza; y qué tal si el viejo no es nada noble; qué tal si fue un torturador y la vejez, la sola cualidad de abuelo otorgada gratuitamente por el chancho lo librara de todos sus crímenes.

No tengo boleto, lo perdí, piensa él que va a decir cuando se ve a sí mismo desde el asiento en el que está sentado, levantarse, avanzar hacia el chancho y pegarle una trompada en la nariz, una trompada violenta, certera; la sangre chorrea y el chancho cae mientras alguien cuenta;  el bebé, el bebé cuenta uno, dos, tres, cuatro, siete, ocho, out, para luego levantarle la mano mientras el chofer lo alza en andas recorriendo el ring colectivo.

 Boletos, dice el chancho que no está en el piso, boletos  repite cerca de  su cara mientras el bebé de la señora del segundo asiento duerme, mientras Lara  mira la hora y empieza a enojarse, mientras el chofer se distrae

 Miró un segundo de más a la morocha que cruzó la calle, un segundo de más tardó  en pisar el freno. El Mercedes corta en dos la bicicleta de una niña.

Los circunstanciales contratos se disuelven: el chofer ya no maneja, el colectivo ya no avanza, el chancho ya no pide boletos, el nene llora, la niña ya no camina, él se baja, la morocha se aleja, y Lara ya no se enoja.

- Y a vos, ¿no te pasó nada?

 Ël encuentra el boleto en el bolsillo izquierdo del pantalón.

-. No, a mí no me pasó nada. 

El ocaso de Maradona (relato de Ricardo Murúa)


Ella tiene la mano de él entre sus manos, sobre el mantel amarillo que se cruza encima del mantel bordó, en el que reposa el cenicero con tres cigarrillos apagados, aplastados que despiden mal olor; pero ellos no se dan cuenta. Ella le habla de las bondades del departamento que visitó esa tarde con sus padres. Es luminoso, sé que te va a gustar; tiene dos ambientes y una cocina bastante amplia, eso es lo primero que mamá miró. El dormitorio no es ni grande ni chico, va a caber la cunita de la nena o nene. No lo saben porque decidieron ignorar los resultados de la ecografía que demuestra que van a tener una nena porque aquella noche no se cuidaron como es debido en la playa, en la carpa, en verano; y ahí están, con la fecha de casamiento encima. Y él que no se decide cuando ella le pregunta, qué te parece, lo hacemos en el club de bancarios de papá, él ya averiguó y creo que lo señó; qué te parece.

Dos gaseosas frías, una lima-limón y una tónica, por favor. Nada más la mano de ella se suelta para tomar la copa que él no levanta porque aún no la llenó, ocupado en algo que aparece sobre su cabeza, detrás de la cabeza de ella que le dice qué, tengo algo mal en el pelo, es que no tuve tiempo de ir a la peluquería, mamá reservó el turno pero nos atrasamos mirando las cortinas. Si tus papás van a venir para el casamiento se pueden quedar en la casa de mi hermana que tiene lugar, a vos qué te parece, es grande; papá ya arregló todo. Y el mozo que mira lo mismo que él mira, pero el mozo no mira por sobre la cabeza de ella porque está en un ángulo diferente al de él; por lo que ella no le pregunta al mozo, se lo pregunta por segunda vez a él; Sergio, qué tengo, qué tenés que mirás así.

El mozo deja la bandeja sobre el mostrador y agarra la servilleta con las dos manos; ella le toma otra vez la mano a él, pero él la abandona como el mozo a la bandeja, los dos en un estado especial de tensión. Sergio y el mozo, el mozo y Sergio no se miran, ambos miran ese objeto convocante  que Sandra no ve porque está de espaldas, la única ubicada  de espaldas al Philco del boliche de la esquina de la facultad. Ese artefacto en el que todos miramos cómo el 10 va a patear el penal. Te imaginás Sergio cuando empiece a dar pataditas. Todos miramos la pelota; estás hecha una pelota nena, me dijo el otro día la tía Susana. Amor, tomá la gaseosa que se entibia; en qué estás pensando que estás tan callado. Una pelota, a vos te parece.

El mozo se agarra la cabeza y lo mira a Sergio como pudo mirar a cualquiera. Sergio mira al mozo porque es el único mozo que lo mira. La pelota se fue muy lejos, por encima del travesaño, Sergio qué te pasa, decíme algo. Es el ocaso.Transcurren cinco segundos de silencio en el bar, en la ciudad.

Es el ocaso  Sandra, es el ocaso de Maradona.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Una pareja perfecta (Película recomendada)

Director: Nobuhiro Suwa

Guión: Nobuhiro Suwa

Origen: Francia, 2006

Título original: Un Couple Parfait

Luego de varios años de residir en el extranjero, Marie y Nicolás regresan a Francia para asistir al casamiento de unos amigos. Se encuentran al borde del divorcio. Contrariamente a sus expectativas este corto viaje les dará una nueva oportunidad para pensar en el futuro de su relación.

La noche de la iguana (película recomendada)

Director John Huston

Guión: John Huston y Anthony Veiller basado en la obra homónima de Tennessee Williams

Origen: EEUU 1963

En un remoto pueblo costero de México, un sacerdote episcopal que fue destituido de su cargo, lucha por reorganizar su desastrosa vida. Y tres mujeres-la poco sofisticada dueña de un hotel, una delicada artista, y una lujuriosa y obstinada adolescente- pueden  salvarlo o destruirlo. Con un excelente elenco encabezado por Richard Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr, la dirección del legendario cineasta John Huston y un sensual guión basado en la obra de teatro de Tennessee Williams. Ganadora de un Premio de la Academia y nominada a tres más, la película explora la oscura noche del alma de un hombre e ilumina las diferencias entre los sueños y la agridulce entrega a la realidad.

Otras películas  basadas en obras de Tennessee Williams, también recomendadas: Un tranvía llamado deseo  (Elia Kazan-1951) y El gato sobre el tejado de zinc caliente ( Elia Kazan-1955)